Mónica Lavín


Intentamos olvidar, pasar de lado por ciertos recuerdos negros, hacernos los disimulados, pero nos toman por asalto. Sabemos que están allí, y que somos presas de ellos cuando las evidencias lo confirman. Tiembla en cualquier lugar y ese sismógrafo virtual que se ha instalado en nuestra anatomía cerebral (¿será en la hipófisis?) avisa, y yo salgo corriendo escaleras abajo intentando someterme a los modos preventivos que acatan los demás, pero la verdad mi instinto quiere tomar la delantera, pasar por encima de los otros, abolir amabilidades y prudencias y salir a la luz, a la calle, a la anchura del aire antes de que suceda lo abominable. Han pasado 25 años del sismo y gran parte de los habitantes del DF tenemos algo que relatar, hasta los que no supieron que había pasado nada cuentan esa ingenuidad con que salieron a encarar un día desmoronado. Uno pensaría que entre las plazas que se han construido donde hubo un hotel como el Regis, o los lotes baldíos que nacieron de súbito y airearon dolorosamente la ciudad, las cicatrices debían haber menguado el color del día, los ruidos del día, el miedo del 19 de septiembre de 1985.
Vivíamos en la colonia Juárez, en la calle de Versalles, frente a una gran casa porfiriana en un conjunto de edificios de cuatro pisos. El teléfono sonó poco antes del temblor. Al otro lado el mudo, cómo solíamos bromear cuando nadie emitía sonido. ¿Quién sería? ¿Quién llamó previniéndonos, para que cuando el crujido y el zangoloteo comenzara nuestro sueño hubiese sido violentado de antemano? Porque fui allí, en el teléfono, caminando en el pasillo de regreso a la recámara que el mundo se sacudió como si yo fuera una pieza de una caja que una mano mayor agitara sin consideración. Los libreros golpeaban contra las paredes, las toallas del baño se columpiaban: Emilio y yo corrimos a la puerta, había que salir, descalzos, como fuera. Nada de refugiarnos en el dintel de la puerta. No podíamos atinar a la cerradura. El ruido crecía, el movimiento no paraba, por fin abrimos. Corrimos escaleras abajo de ese tercer piso y en el patio común nos topamos con otros atemorizados como nosotros. No era mi histeria de mujer embarazada; unos iban en calzones, otros en pants, yo en camisón con un jorongo (él que solíamos poner sobre la cama). El cielo era rojo, el polvo empañaba la vista y había un ruido sordo, como de cosas colocándose, entonces no comprendíamos que era el sonido de las vidas sofocadas, de los muertos que en el edificio de junto, el edifico Toledo, se había venido abajo recargándose contra el nuestro; de haber ido a la cocina, como ocurrió días después cuando Emilio con un convoy de amigos sacó nuestras cosas de un lugar al que no podíamos volver, hubiéramos visto los ladrillos en el fregadero, sobre las tazas de la tarde anterior cuando mi madre, mi hermana y yo pintamos una pared con borregos en el cuarto de la hija por nacer. Trece no, dijo mamá, y pintó el catorceavo borrego, gordo y redondo, como uno de peluche que ya esperaba en el moisés del futuro bebé. Tal vez ayudó a que no se cayera el edificio donde vivía, a que saliéramos a tiempo y de prisa salvando al datsun del derrumbe que luego sepultó los coches de los vecinos; atravesamos avenida Chapultepec sin comprender bien la magnitud del desorden que veíamos, la calle se zanjaba en Frontera y la gente estaba en las banquetas antes de Álvaro Obregón. La perplejidad y la piedra pulverizada enturbiaban el aire, hasta que pasamos Viaducto por Cuauhtémoc y la ciudad se tornó clara, el cielo azul, las cosas en su lugar. Cuando llegamos con mis padres al principio pensaron que mis lágrimas eran una exageración, el vigilante de la casa contigua preguntó que de dónde veníamos al ver al coche lleno de tierra. Veníamos del temblor, de lo que no podían ver en las pantallas porque la torre de televisa se había caído, como lo pude haber atestiguado desde el comedor del departamento por donde se veía. Nueve días después nació nuestra hija mayor. En el hospital había heridos y una réplica desató el oleaje de la botella de suero atada a mis venas.  De los escombros del Hospital General rescataron a los bebés sobrevivientes, a los huérfanos del 19 de septiembre de 1985. Era asombroso y me hacía llorar. Sí, algunos venimos del temblor y ese es un lugar que no se olvida. Tal vez el recuento repetido no sirva de nada, aunque así pretendemos sacudir el polvo, saludar a la vida, mirar a la ciudad de otra manera, como un animal herido y nosotros sus criaturas. Publiado en Kiosco de El Universal


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