Mónica Lavín


No había tenido por qué preguntarme qué era ser mexicana antes de los 13 años. Pasé dos meses con una familia estadounidense en Williams, Oregon. Sí, me perdí de muchas cosas, o digamos que las vi a distancia, y tuvieron que ver con la respuesta que tuve que dar en clase, porque era 1968, pero yo había buscado ese viaje y lo había logrado. Los calendarios escolares mexicanos transitaban de las vacaciones homologadas con el hemisferio sur (que era mucho más sensato para el clima del DF) a las del hemisferio norte. Por eso cuando fui invitada por los padres de una de las tantas chicas con las que me había carteado durante un año (puse mi nombre en una revista donde había un rincón llamado “Pen pal corner”), mi verano fue a medias vacacional; durante un mes asistí a la secundaria más próxima al caserío en medio del bosque donde vivía mi amiga. No fue fácil que mis padres accedieran –y lo comprendo- no tenían idea de dónde iba su hija. Pero intuición de ellos, insistencia mía, volé por primera vez en avión (Western Airlines, “el medio maravilloso de volar”) con tres escalas hasta llegar a Medford, donde aún faltaban dos horas de carretera para Cedar Flat Road. Cuando se enteraron en la escuela pública donde íbamos mi amiga Jennifer y yo, que era extranjera, el profesor me pidió que hablara sobre México. Nunca antes le había tenido que explicar mi país a nadie, ni a mi misma. No recuerdo siquiera qué dije, pero sentí un orgullo y un asombro por mi ciudad (que era lo que mejor conocía), la comida, la historia, las playas. O tal vez eso es lo que ahora pienso que dije. El caso es que cuando terminé y empezaron las preguntas, después de responder que no siempre dormíamos siesta ni estábamos de fiesta (aunque no hubiera estado mal defender el privilegio del descanso y una manera de vivir el día y nuestra afortunada proclividad a la celebración de todo tipo), alguien dijo que yo no parecía mexicana, que no tenía trenzas, ni era morena. Entonces me picaron la cresta, claro que era mexicana y en México teníamos muchos aspectos. Éramos un país mestizo, también había güeros de ojos azules, aunque pocos, porque indígenas y españoles se mezclaron y hubo otros inmigrantes y además vivo en la ciudad más cosmopolita del país, la capital, les decía, sabedora entonces de que el DF era el centro, y de que lo mismo teníamos templos prehispánicos, canales de Xochimilco, que catedrales, plazas y edificios como el de la UNAM: una ciudad liberal, progresista. ¿Habré dicho todo eso? ¿Lo pienso ahora? Les conté que nos preparábamos para las olimpiadas, aún no era el 2 de octubre que me hubiera hecho hablar de otra manera, con ira. Yo me hubiera avergonzado de un presidente represor y asesino, hubiera explicado un México tan adelantado en sus ideas de libertad como París, tan brutal en sus contrastes.  Por televisión hubieran visto la gran metrópoli, la marcha masiva, la plaza ensangrentada; luego verían nuestro Palacio de los deportes, los volcanes, a Vera Cavslaska casándose en catedral. Sigo sin tener muy clara la respuesta: no es que quiera cantar aquello de México lindo y querido, si muero lejos de ti… No es que no pueda vivir sin mis salsas picantes, no es que me sienta mexica, española, o una revoltura. Deben ser los tres mil años de historia, debe ser este paisaje brutal y cambiante, deben ser los pueblos, la ciudad, mi chilanguez, mi Coyoacán, las canciones de Guty Cárdenas, los generales de la revolución, Sor Juana, Villaurrutia, Ibargüengoitia, Tamayo, Barragán, los murales de O’Gorman en la biblioteca de la UNAM, los cuentos de Inés Arredondo, las canciones de Café Tacuba, los volcanes de Atl, Pedro Infante, Tierra mestiza, Monsiváis, una pirecua, Palenque, un taco de escamoles, los diminutivos. Deben ser mis muertos, mis vivos, mis pasos, mis recuerdos, mis tristezas, la calle de Francisco Sosa, las ventanas o la sopa de fideo. Que chile en nogada ni aguas de frutas tricolores, que nopales ni queso con jitomate, nada más Proustiano que una cucharada de sopa de fideo, coloradita y caldosa, para que lo mexicano se suelte de la lengua.  Así tal vez pueda aclararme qué es ser mexicana.
Kiosco/El Universal/9/09/2010


Etiquetado en: Sin Etiqueta 
Comentarios (2)Add Comment
0
No hay nada más que agregar...
escrito por Grizel, enero 15, 2013

a -5 grados en Berlín, no se me ocurre una mejor descripción de la capital.
0
La línea de la carretera
escrito por karina, diciembre 25, 2011
Hola, mucho gusto, soy Karina, curso el segundo año de secundaría.
Esta navidad estoy en casa de mi abuelita y mi tía me presentó el libro "La línea de la carretera", comenzamos a leerlo en voz alta, primero mi tía y luego yo, y la verdad es que me está gustando, porque me identifico con Ana.
Tanta fue nuestra curiosidad al comenzar al leer el libro, que buscamos en googlemaps el Estado de Oregon en USA y me di cuenta de que se encuentra al norte de USA hacia el océano pacífico y también comentamos que vamos a localizar Williams,Oregon, pues me gustaría conocer a dónde viajó Ana.
Pronto volveré a este blog, para hacer nuevos comentarios.

P.D.T. Mónica, con la lectura de tu libro, me siento a gusto porque escribes para personas adolescentes como yo y para todos los que alguna vez fueron adolescentes,gracias. smilies/cheesy.gif

Escribir comentario

busy
femdom-mania.netshemale-fans.com