Mónica Lavín



Escribir, no cabe duda, es un estado alterado. Inventar un mundo que apela a la lógica, a la intuición, al oficio, al oído, a la iluminación repentina, a la batalla ardua ha sido expresado por algunos escritores con analogías sexuales. Cortázar decía respecto a la escritura de un cuento que se salía como de un acto de amor, fatigado, lacio. ¿Será porque la escritura pide entrega y a la vez abandono de uno mismo, ponerse al servicio de la historia, olvidarse del yo y fundirse con lo que está sucediendo en la página? Sin duda acciones con connotaciones eróticas.  Mario Vargas Llosa ha expresado que no le interesa leer un libro que no lo excite: “Ninguna novela me produce gran entusiasmo, hechizo, plenitud, si no hace las veces, siquiera en una dosis mínima, de estimulante erótico”. Y añade: “He comprobado que la excitación es más profunda en la medida en que lo sexual no es exclusivo ni dominante, sino se complementa con otras materias, se halla integrado en un contexto vital complejo y diverso, como ocurre en la realidad”.  A Flaubert, admirado por Vargas Llosa, quien ha señalado su impronta en la novela contemporánea, la manera como modificó el papel del narrador, el Nobel peruano le dedicó un estudio completo: La orgía perpetua (título tomado de las cartas del propio Gustave Flaubert). “El único medio para soportar la existencia, es aturdirse con la literatura como en una orgía perpetua”, escribió en la carta a Mlle. Leroyer de Chantepie. Al comenzar Salambó, Flaubert escribió a Ernest Feydau: “Por fin ha llegado la erección, señor, a fuerza de frotarme…”. No cabe duda que el poder embriagador de la escritura, sumirse en su fuerza, es un acto de sensualidad. Inteligencia e imaginación trabajan construyendo un mundo de palabras que respira y que los sentidos mismos evocan y registran. Encontrar la palabra precisa, le mot juste, esta obsesión flaubertiana, sin duda producía el gozo del éxtasis carnal. Encuentro estas analogías de la escritura con el placer sexual entre escritores hombres. ¿Acaso las mujeres han (hemos sido más pudorosas) o es ignorancia mía? ¿Habrá acaso una analogía más precisa de la eyaculación con el acto de acometer una página, de mancillarla, de ultrajar su banca impostura: de preñarla, después de todo? ¿De hacerle una historia? La hoja al fin y al cabo es femenina en nuestro idioma. Si las analogías entre escritura y deseo, entre sexualidad y actividad creadora existen; el deseo como tema, la sexualidad como centro ha sido tratado en la ficción desde Las mil y unas noches, El Decamerón de Bocaccio, con sus múltiples y explícitas referencias sexuales. El erotismo, como tal, la manera en que los deseos sensuales de los personajes, los revelan complejos y los pueden volver trágicos, encararlos con la mediocridad de su vida cotidiana y la grandeza de la otredad efímera son el asunto de dos novelas que en su tiempo fueron prohibidas, llevados a juicio sus autores o pirateadas las ediciones hasta que se liberó su circulación. El sexo explícito ha dejado de ser escándalo, el sexo explícito muchas veces ha dejado de ser literatura. Por eso, vale la pena volver a la lección de dos novelas y dos autores que no compartieron ni país, ni época pero que sin duda, de haberse sentado a la mesa, habrían tenido discusiones interesantes alrededor de esos personajes femeninos que estaban creando y que han quedado como referentes literarios. Me refiero a Madame Bovary de Gustave Flaubert y a Lady Chatterley’s Lover de D.H. Lawrence.  La primera novela acuñó un vocablo que denota un estado de vida: el descontento que se ilusiona y persigue el objeto de su ilusión con pasión. El bovarismo que Gustave Flaubert legó para un mal identificable, para un estado del alma reconocible por sus lectores. De pensar en un sustantivo derivado de la otra gran novela sobre el deseo, o sobre la manera en que sensualidad y ternura se combinan, tendríamos que decir chatterleyismo, lo cual a parte de cacofónico corresponde a un estado de gloria, un empate de caricias, proximidades, embistes, orgasmos que derivan en las sutilezas de la intimidad, en la manera en que hombre y mujer duermen entrelazados, obsequiando su parte más dulce el uno al otro. El bovarismo de Emma la lleva a la muerte, ese adulterio donde se pierde la inocencia y la dignidad en pos de otro estado de vida desacompañado. Lo que ocurre con Lady Chatterley es el encuentro consigo misma y con un estado de felicidad amoroso sensual que desbanca cualquier prejuicio. Pero si de acuñar sustantivos desde la ficción se trata, la tragedia de Emma triunfa sobre la felicidad de Connie.  Publicado en Kiosko/El Universal 20/11/2010


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Comentarios (1)Add Comment
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Sí el cuerpo siente...
escrito por Miguel Ange Vivar, noviembre 03, 2011
Se dice que el gremio de los policías “no lee”, pero yo sé, que no es así, ya que si la lectura tiene y contiene cosas que nos despiertan el interés, como es “la novela negra” que contiene acción y un alto contenido que despierta nuestro cuerpo, como el corazón (siempre irrigando sangre) que se calienta y nos hace sentirnos vivos.

Un gran saludo desde un rincón cercano a Tlatelolco.

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