Mónica Lavín


El miércoles 7 de octubre amanecimos con la grata noticia de que el Premio Nobel de Literatura lo había ganado Mario Vargas Llosa. Año con año nos preguntábamos cuándo le tocaría. Y si no se lo dan… Los que crecimos con el boom leyendo Los cachorros, La tía Julia y el escribidor, Conversación en la catedral sentimos una emoción atada a nuestro gozo lector, a nuestro asombro por las palabras, por los narradores en nuestra lengua que eran el pan nuestro de cada día. Y el asombro lector no ha parado. Vargas Llosa sigue produciendo: La fiesta del Chivo, Elogio de la madrastra. Toma riesgos, no se repite (incluso se atreve a que los lectores abandonden un libro suyo –confieso que no pude terminar El paraíso en la otra esquina).  Pondera sobre la novela, la importancia de que no muera, la defiende. Subraya el papel de la novela como método para leer el mundo y a nosotros mismos;  la novela como derivado de la insatisfacción, esa verdad hecha de mentiras. Nos lleva con Emma Bovary y su rebeldía, nos invita a verla con el entusiasmo que le produce la novela de Flaubert, pero nos acerca también a la lección flaubertiana, a su papel en la modernidad del género, la manera en que el narrador se invisibiliza –asunto que hoy en día nos parece tan natural. Lo que fue calificado de objetividad y frialdad en la escritura de Madame Bovary en su tiempo, es hoy un atributo natural de la narrativa.  Dedica un ensayo La orgía perpetua a Madame Bovary. Sus libros llevan a otros libros: habla de lector a lector. Vargas Llosa nos propone un canon de novelas del siglo XX a través de su recuento de mentiras verdaderas como El gran Gatsby de Fitzgerald, Santuario de Faulkner, Muerte en Venecia de Mann, La señora Dalloway de Woolf, Lolita de Nabokov. Es un faro para apropiarse de los libros, me gusta su gusto, me invita a una conversación tal vez imposible en la realidad, aunque lo pudimos escuchar en la Sala Nezahualcóyotl de la UNAM hace muy poco y lo vemos en la FIL Guadalajara con frecuencia. Elegante, atractivo, amable. Inevitable pensarlo tras el escritorio en la casa de Barranco en Lima. Desde que Enrique Planas me señaló el lugar donde vive, una especie de edificio dentado que mira al Pacífico y me aclaró “en el último piso tiene su estudio”, ya puedo suponer como, de cuando en cuando, sale a la terraza a ventilar escenas o personajes de cara a la bruma limeña, tan apropiada para el recogimiento. Poseo un escenario para imaginar su trabajo: el risco que bordea la costa, la playa de olas continuas abajo, las casas señoriales de lo que fue un lugar de descanso en el siglo XIX. En Cartas a un joven novelista ha compartido batallas del oficio de escritor, asuntos técnicos, consejos. Para cualquier oficiante es un libro que acompaña la batalla y que invita a lecturas, observaciones, ejercicios de quien en los años sesenta publicara su primer libro: La ciudad y los perros. Alguna vez leí la su definición de la escritura: una pasión profesionalizada. Ahora esa pasión recibe el reconocimiento del mundo, y honra a las letras de habla hispana, a nuestra Latinoamérica -tan ajenos los unos de los otros de lo que se publica en nuestros países. Tal vez este premio a Vargas Llosa nos devuelva  (a las editoriales) la necesidad de lecturas compartidas, de sentirnos tan mexicanos como pertenecientes a la tradición que nos hermana. El Nobel 2010 al gran narrador que es Vargas Llosa nos honra a todos.    

Publicado en Kioscko de El Universal


Etiquetado en: Sin Etiqueta 
Comentarios (0)Add Comment

Escribir comentario

busy
femdom-mania.netshemale-fans.com