Mónica Lavín La tiricia es una enfermedad del alma, me cuentan Patricia García López y Rubén Luengas, entre chileate y mezcal, en Tezuatlán, la mixteca oaxaqueña donde se han instalado para crecer Pasatono, su grupo musical, para hacerlo dúo, trío, cuarteto, orquesta como la que aparece en su nuevo disco, precisamente llamado La tiricia. Al entiriciado la tristeza lo manda al desánimo, al silencio, a la falta de voluntad. Cuando los demás lo ven rascándose la nariz reconocen el síntoma ineludible: tiene tiricia. Pero entonces puede empezar la cura. Alguien ha de llevarlo a recoger flores, como a Patricia lo hizo su nana cuando el abuelo había muerto, y esas flores frescas se colocan en un tanate que rebosante ha de tomar la enferma para luego ensartar las corolas y hacer collares de flores. Se los pondrá al cuello y la llevarán junto al río. Allí soltará los collares floridos para que se los lleve la corriente, pero no mirará cómo se van (como Orfeo condenado a no mirar si Eurídice venía atrás), así río abajo se despedirá de esa tristeza. Con el tanate vacío la llevarán a donde las bandas toquen, la música la aliviará, escuchará hasta que sus pies quieran bailar. Entonces, sólo entonces, la tiricia se habrá ido. Cura mixteca, herencia milenaria, que dan ganas de seguir. Flores, río, música. Nada de palabras para explicar el origen del mal, nada de razonamiento que vulgarice las emociones, sólo un ritual para físicamente descargarse de ese empañamiento del ánimo. Escucho el disco de La tiricia y encuentro en la melancolía de las canciones y su suave alegría esa propuesta de la portada: “Música e historias para curar la tristeza”. Suenan violines y bajo quinto, clarinetes, jaranas y contrabajo y las percusiones. Las músicas son tradicionales, de esas que todavía se cantan en el lomerío inacabable de la mixteca, entre huisaches y órganos y cabras que pastorean sus días, o cantos compuestos por los integrantes del propio Pasatono como la canción de “El maromero”, de Rubén, que recuerda que todavía en los pueblos enlomados vive el teatro antiguo, el payaso que entona una melodía para que la banda toda metales lo acompañe en el resto de la canción, los sketches cómicos, la maroma en un trapecio improvisado, sólo palos y cuerdas con la que hacen su vida generaciones como la de Alfonso Jiménez, con su padre y sus hijos. Y aunque todo parece escondido y agonizante, uno sabe que está vivo cuando escucha estas músicas. Porque Rubén y Patricia después de estudiar y trabajar en el DF, se han regresado a su tierra (Internet permite esto pues siguen sus proyectos de trabajo) para rastrear a los tocadores de banjo de San Miguel, los lauderos –el laudero- que hace bajos quinto para aprender e instalar un taller como el de Rubén que trabaja con madera de sabino, melodías y ritmos. Patricia cuenta que el banjo de los años treinta, que fue popular en las tiendas musicales, se quedó atrapado en algunos pueblos de la mixteca donde lo siguen tocando, aunque ya no lo pueden componer y a veces usan tapones de coche para que siga sonando. Me explican que el Yaa sii es canción alegre en mixteco. Me da por pensar que la alegría en ese paisaje tiene su propia textura, es pausada y no de alborozo. Me recuerda a la distancia y a las piezas irlandesas, no sé por qué. Será que las distancias, el aislamiento, la sensación de ser pequeño en medio de la bastedad está en su centro. No me gusta la palabra rescatar que tiene algo de autoritario y benevolente, y parece asunto caritativo, diría yo que Pasatono va a rastrear, a colocar sus asombros entre los músicos de por aquí y de por allá, que apenas se escuchan entre la invasión grupera, para compartirlos. Y bien sabemos que sin música la tiricia no se cura. Publicado en Kiosco/El Universal 16/01/10

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